EXTRETS
DEL CALAIX
Diversos
Autors
Grup d'Investigadors de Les Roquetes del Garraf
EXTRETS
DEL CALAIX
La Cervereta (Col·lecció
Literaria Num. 1 del GRUP): Separata
del Programa de Festa Major de Santa Eulalia 2000
Edita:
Comissió de Festes i Ajuntament
Text: T.
Moreno, Agel Llinas, Armando Siles, Blanca Sagarra, Noelia Vilar, Georgia,
Dalia, i Juan Carlos Borrego.
Treball del
Grup
d'Investigadors de Les Roquetes del Garraf
Idea i Coordinació: Mary Muñoz i Juan Carlos Borrego
Portada:
Quadre de Fernand Leger, Els Constructors, 1950.
Impressió:
Papyrus
©
Copyright 2000. Reproducció autoritzada citant la procedència.
EXTRETS DEL CALAIX
INDEX.
PRESENTACIÓ.
MISTERIO EN DORIA
MARIAN
"QUI NO VULGO POLS QUE VAIGO A L'ERA"
EL ESPANTAPAJAROS
CHUMI, ¡PONME OTRA!
RODOLFUS I LA CAPUTXETA
ALGO MÁS QUE MUSICA
EL INTERVENTOR
El
GRUP d’Investigadors de les Roquetes del Garraf enceta una nova col.lecció de
separates de caire literari, LA CERVERETA, col.lecció literària, de la qual en teniu a les mans
el número 1. Fins ara ens havien
limitat a realitzar estudis d’investigació històrica, enmarcats a la
col.lecció FACSÍMILS DEL GRUP (La Masia Nova, el primer barri de les Roquetes
del Garraf, 1996; Tradicions Populars: el Carnaval de les Roquetes, 1997; Vint-i-cinquena
edició de la Festa Major d’Estiu, 1997; La Pedania del 77, 1998; o Les
Roquetes d’en Taran, 1999), però la proliferació d’escriptors al nostre
poble ens ha fet obrir nous horitzons, ampliant la nostra oferta cultural.
I vam trobar una idea: una edició de relats breus escrits per
roquetencs.
Segurament
notareu la excesiva provisionalitat de la nostra tasca, és degut al poc temps
que hem tingut per organitzar la recollida d’originals.
Quan la Comissió de Festes ens va encarregar la separata de la Festa
Major d’Hivern del 2000, la nostra resposta fou, en principi, negativa: en deu
dies no hi havia temps material per redactar un estudi amb cara i ulls.
Totes les nostres publicacions històriques es caracteritzen per ser
treballades durant un marge de temps mai inferior als tres mesos, doncs es
precisen entrevistes, col.laboracions, grabacions, recerca de fotografies, i
redacció final, que necessiten de la màxima atenció. Però ens hem sortit: el resultat ens satisfà.
Potser no hi són tots els escriptors de les Roquetes, tanmateix obrim
una nova porta a futures separates que, dins de la nostra col.lecció,
contemplin noves inqüietuds i històries de ficció.
Aquest
recull que ara us presentem el fomen deu narracions de deu autors locals, tant
joves com no tan joves. Hi han
diferents temes i extensions, una mica de tot, car la imaginació dels nostres
conciutadans i conciutadanes gaudeix d’una clarividència excel.lent.
Us recomanem la lectura del primer a l’últim, doncs l’ordre no té
res a veure amb la qualitat, sinó més aviat es deu a l’extensió i a la
compaginació.
No voldrien
acabar aquesta presentació sense fer palés el nostre agraiment més sincer a
tots aquells i aquelles que ens han respost amb el seu treballs (i també a
aquells que els hagués agradat participar però que no han tingut temps de
portar-nos els seus relats), fent possible la realització de la separata de la
Festa Major d’Hivern Santa Eulàlia 2000; i sobretot a la Comissió de Festes,
per la confiança que ha depositat en nosaltres, el GRUP, i la seva particular
dedicació al món cultural roquetenc.
Mary Muñoz
i Juan Carlos Borrego.
Dória era
una pueblo tranquilo a orillas de un bonito río. En las afueras había una
hilera de casa, todas blancas y de dos plantas, éstas solían ser habitadas sólo
en la temporada de vacaciones, y contrastaban bastante con el resto del pueblo,
ya que en él aún se veían edificios y casas antiguas, y hasta sus gentes eran
más bien reservadas y ariscas, como todo el paisaje que se divisaba desde la más
alta montaña: un conjunto de árboles altos y gruesos, alrededor del poblado,
alegrado solamente por el tintineante ir y venir del agua del río.
Una de éstas
casas blancas llamada “Villa Elena” era propiedad del Sr. López, dueño de
la única charcutería existente en el pueblo, y no era extraño, ver cada
temporada gente distinta de vacaciones en la casa, ya que dicho señor la
alquilaba a todo el mundo, esto hacia que cada año el Sr. Vives, (detective
privado), que veraneaba en la mansión vecina, siempre tuviese gente nueva para
charlar y pasar el tiempo.
Pero este año
no iba a ser igual que los anteriores, ya que a las dos semanas de llegar, el señor
Vives comenzó a ver algo extraño en “Villa Elena”. Una noche oyó hablar
susurrando, y de vez en cuando, una tenue luz se divisaba por debajo de la
puerta de entrada, esta circunstancia, como no era de extrañar, hizo salir al
señor Vives de su letargo y comenzó a sentir ese gusanillo por el que huía de
la ciudad: El misterio.
Al día
siguiente ya estaba merodeando la casa en busca de algún indicio de que allí
había habido alguien, pues durante el día aún seguía colgado del balcón
delantero, el cartel de “se alquila”.
Al no
encontrar ninguna pista marchó, rápidamente, hacia el pueblo, entró en la
charcuteria y en seguida salió el señor López
- ¿Que tal
señor Vives?
- Muy bien, muy bien. Hace calor ¿Eh?
- Sí, ya empieza este maldito bochorno de todos los veranos.
- Yo... venía dando un paseo y pensé en entrar a saludarle y al mismo tiempo,
me gustaría preguntarle si piensa alquilar “Villa Elena” o ya lo está.
- No, no está alquilada ¿lo decía por algo en particular?
- Es que me parece que mis sobrinos, Laura y Antonio, vendrán a pasar unos días,
para conocer el pueblo y tal vez les gustaría instalarse en la mansión.
- Bueno, si es por eso no hay problema, ya que por ahora no tengo noticias de
ningún interesado en alquilar .
- Entonces lo tendré en cuenta por si me llaman para comunicarme que vendrán.
- ¿ Son de la ciudad sus sobrinos?
- ¡Oh! No, son de fuera, es que son muy viajeros y les gusta conocerlo todo, y
yo que les he hablado tanto de este bonito lugar, que están deseando venir por
aquí.
En aquel
momento apareció por la puerta una chica. Era alta y delgada y no parecía
tener más de veinticinco años. El señor Vives, rápidamente, la saludó muy
amablemente, ella al mismo tiempo que le correspondía, daba un beso al señor López.
- ¿No
conoce usted a mi sobrina Mónica? Vino hace dos días.
- Pues, creo que no tengo el gusto.
- Mónica, éste es el señor Vives, viene de la ciudad y habita la casa vecina
a “Villa Elena”.
- Encantada, señor Vives.
- Igualmente, señorita Mónica.
Después de
despedirse, el señor Vives salió de la tienda y se dispuso a pasear durante un
largo rato por la montaña, pues deseaba poner en orden sus confusas ideas.
Al cabo de
varias horas de pasear arriba y abajo, por fin decidió bajar otra vez al pueblo
para ir al restaurante del pequeño hotel. Ya sentado en una cómoda butaca,
encendió uno de sus grandes puros (su gran pasión) mientras esperaba al
camarero.
Terminó su
almuerzo y cuando se disponía a sacar su billetera para pagar, oyó los gritos
de unos jóvenes que trotaban por la escalera. El señor Vives se detuvo un
momento y preguntó al camarero.
-¿Qué son
esos gritos?
- Pues, son unos chicos que llegaron a noche. No paran de hacer ruido.
- Ya se les nota, ya
En ese
momento bajaban tres chicos y dos chicas vestidos estrafalariamente, según el
señor Vives. Se sentaron todos alrededor de una mesa y llamaron con insistencia
al camarero, éste se apresuró a cobrar al señor Vives y fue rápidamente
hacia los jóvenes.
Al salir
del restaurante, pensó en irse a hacer la siesta, pues estaba un poco cansado
de tanta agitación. Al pasar por la plaza del pueblo, observó que la estaban
adornando con banderitas y farolillos, entonces se acordó de que aquella noche
era la víspera de “San Juan”, y eso quería decir que durante toda la noche
tendría que aguantar la música y el ruido, en fin, se decidió por la siesta y
reanudó la marcha.
Eran ya las
ocho de la tarde y el señor Vives se entretenía leyendo un libro, absorto como
estaba en la lectura no se dio cuenta de que en el pueblo ya había empezado la
fiesta, pero de pronto, un ruido le sobresaltó. Salió al jardín y observó
que en “Villa Elena” había alguien, entonces pensó que de esta noche no
pasaría, por fin sabría la verdad. Volvió hacia dentro y siguió leyendo.
Pasaron unas tres horas y el señor Vives ideó un plan. Bajaría al jardín
vecino y se escondería entre los matorrales, salió fuera y vio que todo seguía
igual. Una luz salía de la ventana, todo estaba en silencio, se acomodó como
pudo y esperó.
De pronto,
empezaron los gritos, nadie les oía, sólo el señor Vives, que ya estaba
deseando intervenir, pensó en salir de su escondite y mirar por una de las
ventanas, pero en ese preciso momento se abrió la puerta principal, salieron
unas personas encapuchadas y vestidas con túnica blanca.
El señor
Vives no salía de su asombro y aún más, cuando vio que los encapuchados hacían
un corro mientras uno de ellos sacaba un enorme cuchillo y se dirigía al centro
del corro; después de unos segundos se oyeron gritos y al mismo tiempo que
danzaban todos, el señor Vives veía como se iban llenando de sangre las manos
y las túnicas. No podía creer lo que estaba viendo, pues al rato empezaron a
cavar un hoyo en el jardín y enterraron el cadáver, al terminar se
introdujeron todos en la casa y el señor Vives pudo salir del jardín y meterse
en su casa. Ya no pudo dormir, pensando y pensando, decidió ir a la biblioteca.
Amaneció
sentado en un sillón con un enorme libro entre las manos. Había estado leyendo
todos los libros que encontró relacionados con sectas y similares, cuando pudo
ponerse en pie, salió a la calle y miró hacia “Villa Elena”, aún estaba
el cartel de “Se alquila”. Poco a poco se acercó hacia la verja del jardín
y entró dentro, no se divisaba a nadie por los alrededores y en la casa no había
señales de vida, todo estaba tranquilo. Miró a su derecha y vio un montón de
tierra removida. Allí fue donde enterraron a alguien, pensó, y salió
precipitadamente. Se fue al pueblo, llegó a la comisaría más rápido que de
costumbre, ya que había andado muy de prisa, pero estaba cerrada. Esperó largo
rato hasta que apareció el guardia de turno (ya que aquel día era fiesta), y
tras saludarse mutuamente, el señor Vives le contó todo lo que había visto la
noche anterior.
El señor
Ruiz, el guardia de turno, casi no lo podía creer, pues sabía demasiado bien
lo que le gustaba a su interlocutor todo lo relacionado con la investigación y
la intriga. Después de aclarados todos los puntos, se dirigieron los dos a casa
del señor López, pues el señor Vives sospechaba algo.
Llamaron al
timbre de la puerta y les abrió el mismo señor López.
- Buenos días
señor Vives ¿Cómo usted por aquí? ¿Y usted señor Ruiz? ¿Pasa algo?
El señor
Vives se apresuró a entrar en la casa y así estar más cómodos.
- Bueno señor
López, lo que le venimos a decir sólo son unas sospechas mías, que como ya le
he contado al señor Ruiz, es algo de la máxima urgencia.
El señor López
no salía de su asombro y después de calmarse llamó a su sobrina que aún
estaba en su cuarto.
- Mónica,
¿Puedes bajar un momento?
- Ya voy tío.
Al poco
rato ya se encontraba en el salón
- ¿Querías
algo tío?
- Pues estos señores creo que quieren decirte algo.
- ¿Si? ¿Qué es?
- Usted Mónica, sino me equivoco estaba anoche en “Villa Elena” y no
precisamente sola ¿verdad?
- ¿Yo?, yo no, eso no es cierto.
- Vamos, si se porta bien y confiesa, no le pasará nada, pues creo que unos
chicos que se alojan en el hotel le hacían compañía ¿No?.
- Tío, eso no es verdad.
- Vamos Mónica, donde está la llave que cogiste del despacho, esta mañana no
estaba, di donde la tienes.
Mónica no
podía negar nada más y tuvo que confesar
- Es verdad
tío, yo la cogí después de que vinieran mis amigos, ellos son de la ciudad y
desde hace unos meses que los conocí, hacemos esta clase de reuniones. Y este año
como no teníamos donde hacerlo, pensé en venir aquí, pues esta noche al ser
“San Juan” es cuando tiene más interés ya que es la noche más propicia.
Pero te juro que no hicimos nada malo.
- Esta bien señorita Mónica acompáñenos hacia el hotel.
Ya en el
hotel, llamaron a los amigos de Mónica y estos tuvieron que confirmarlo todo.
Esto no tenía
nada de importancia, pues lo que al señor Vives le preocupaba realmente era el
asunto del cadáver enterrado en el jardín, y no se entretuvo mucho.
- Bueno,
vamos a “Villa Elena”, tenemos que investigar dentro de la casa y... tal vez
fuera de ella también.
Una vez
estuvieron dentro de la casa observaron que no había nada anormal, salvo un
gran cuchillo que estaba encima de la cocina.
- Este es,
estoy seguro
- Bueno señor Vives, aún no nos ha dicho que es lo que pasa con tanto misterio
del cuchillo.
- Nada más y nada menos que ahí, en el jardín, hay un cadáver.
- No puede ser. ¿Es verdad, Mónica?
- No, no es verdad.
- Ahora lo veremos, señorita Mónica.
Después de
cavar un rato, para sorpresa del señor Vives que agrandaba cada vez más los
ojos, vio que lo que lo que allí había enterrado no era ni más ni menos que
una simple gallina blanca, utilizada siempre para estas celebraciones.
- Todo esto
es absurdo, decía el señor Vives, yo estoy seguro de haber oído gritos y no
precisamente de gallina.
- Pues esto es todo. ¿Ve como teníamos razón mis amigos y yo?
- Está bien, está bien, me doy por vencido.
Al día
siguiente, cuando se levantó el señor Vives, se apresuró a hacer la maleta,
aquel suceso de la noche anterior no le había satisfecho nada y quería
marcharse lo antes posible.
Al cabo de
unos minutos ya caminaba, con la maleta en la mano, por el sendero que llevaba a
la estación de autobuses. Una vez allí, comprobó con malhumor que hasta una
hora después no saldría el próximo autobús. Se sentó en un banco y comenzó
a fumar uno de sus queridos puros, al instante oyó unos ruidos, pero no hizo
caso. Siguió fumando, cuando de pronto alguien salió de entre los árboles
portando un cuchillo, sin perder un momento se lo clavó y el señor Vives cayó
al suelo muerto.
- ¿No quería
un cadáver señor Vives? Pues ahí lo tiene ja, ja, ja, ja...
- Vamos Mónica, de prisa que viene alguien.
Mónica y
sus amigos se fueron hacia el pueblo y nunca se supo quien había matado al señor
Vives.
Trinidad Moreno
Hace horas que hemos atracado en
el dique del Oeste. Después de una larga singladura llenas de mas las
tormentas. Los primeros pasos en tierra son como los de un niño. Parece que
pises lentejas.
El sol se
ha puesto tras Porto Pi y el crepúsculo de abril efervece con todo el encanto
de la primavera. Las parejas de enamorados dan sus primeros besos y las
golondrinas recomponen sus nidos, y yo como siempre, solo con la amargura del
desamor.
Camina
lentamente, su contraluz moldea su figura. Las farolas del paseo se envuelven en
suave bruma marinera, sus pasos se confunden con el rumor de los grilletes de
los yates fondeados y las palmeras guardan sus dátiles maduros.
Sin duda es
ella. Su contorno, su pelo torneado y sus caderas. Acelero el paso, no oso
gritar su nombre, no intento llamarla para no romper la cadencia de sus pasos.
Me paro... quiero respirar o tal vez suspirar, y como un relámpago, visiono
toda nuestra intensa y corta historia. Tengo que cerrar los ojos un segundo, lo
suficiente para perderla de vista.
No está.
El aroma de su perfume me confirma que es ella. Entonces si que veo en una ráfaga,
toda la corta historia de un amor dulce y abrasador.
Solo se que
fue una historia dulce, amorosa, romántica. Fue ella la cubrió con el manto de
su amor mi desolación amorosa. Me hizo sentir de nuevo el amor, las dulces
caricias y la sensualidad de las cadencias amorosas. ¿Pero... que pasó? A
veces la realidad parece que fue un sueño, y este sueño fue realidad, y la
realidad fue que se perdió lenta y fríamente sin saber el porqué. En estos
momentos, grito su nombre, en esta noche, en este paseo. Pero no oigo mi voz,
tan solo veo la silueta gótica de la catedral y su nombre queda en mi garganta.
Algo dulce y suave acaricia mi nuca, son sus dedos, es su voz, es... Marian.
Angel Llinás i Crouseilles. 1945,
Malaga.
Ha publicat un llibre de poesía “Pensando en ti” i está preparant el segon.
Rondava l'estiu de l'any 1926 quan vaig assabentar-me que l'oncle Martí
de cal Cigronet es venia el seu llagut per dos duros.
Els anys no passen en va i l'oncle Martí bé que ho sabia; possiblement
prendre aquesta decisió no li va ser gens fàcil, però després d'haver patit
un atac de cor del qual, més o menys, se n'havia pogut sortir ...
-Pare he sabut que l'oncle Martí de cal Cigronet es ven el llagut i he
pensat en llogar-lo ... Si vostè em digués que li sembla ...
Per primer cop, vaig comprovar que el pare, malgrat el seu posat seriós,
també sabia fondre els pensaments en les mirades ... En aquesta ocasió no li
hagués calgut articular cap paraula perquè aquell rostre que, de vegades
semblava inexpressiu, va prendre forma i començava a reflectir allò que ara jo
necessitava sentir.
-Has pensat bé això de fer-te llaguter? Has pensat en els ets i uts que
això comporta? Ets conscient què l'Ebre dóna una aparença i, en canvi, en té
una altra?. De totes formes, m'afalaga molt que un fill meu hagi decidit fer-se
llaguter, potser aquest serà el principi d'una gran tradició -va dir-me sense
pensar què queia en el mateix error que el iaio Joan-.
Va ser amb el consentiment del pare que vaig tractar amb l'oncle Martí;
vam acordar que m'arrendaria el llagut durant dos anys, després, si jo decidia
continuar amb l'ofici, l’hi compraria.
Quan vaig tenir la nau enllestida (vaig haver-la de polir,
envernissar-la dues vegades i canviar-li
la vela que amb el temps s'havia malmès), vaig començar a navegar per l'Ebre;
una experiència, cada cop, única que em feia gaudir de les aigües que
s'arremolinaven al voltant del llagut com si sabessin que aquest no era el
primer cop que les fregava.
Jo, com altres llaguters de Mequinensa, baixava els sacs d'ordi que la
cooperativa havia comprat als pagesos. La destinació, gairebé sempre, era la
mateixa: Tortosa.
La jornada començava a les cinc que era l'hora que ens reuníem, tots
aquells que transportàvem l'ordi, i carregàvem els sacs a la nau. A quarts de
set o les set començava a haver moviment; aleshores, pujàvem al llagut i
s'iniciava la baixada per l'Ebre. De vegades, el vent ens feia patir, d'altres
era la pluja la protagonista de les nostres cabòries ... en definitiva, sempre
hi havia un motiu pel qual preocupar-se.
.
. . . . . .
Tota
la vida recordaré aquell dia:
Era el dos de juliol del 1927.
El
cel era fosc, semblava que anés a ploure. L'aigua del riu es veia encoratjada;
el seu color verd ens feia acovardir; sabíem que quelcom no anava bé ...
Aquell
dia no era com qualsevol altre; alguna cosa ens deia que l'Ebre, que tenia cara
d'ovella i urpes de llop, ens deparava una sorpresa. Havia trigat temps en
rumiar-ho, però, ara, ens trobaríem, cara a cara, amb allò que més por ens
feia.
D'ençà que vam sortir de Mequinensa vam haver de lluitar contra el vent
que portava el llagut de banda a banda.
De cop i volta, sense tenir temps de reaccionar, vaig trobar-me envoltat
d'aigua; l'aigua era tèrbola i m'impedia la visió; només vaig poder distingir
el fons rocós i, això, em va sobtar. Mai m'hagués pogut imaginar que les
profunditats de l'Ebre fossin tan àrides. De vegades, només de vegades, notava,
a les cames, el fregar d'alguna cosa, suposo que d'algun peix que s'havia
acostumat a viure en aquell indret on l'aigua semblava portar dol.
Allà baix, vaig sentir la soledat i la impotència que se sent quan es
lluita envers un adversari massa savi, en aquest cas, la natura. Intentava pujar
a la superfície però, per molt que ho intentés, mai no arribava a veure la
claror del sol; em trobava massa dèbil, hi havia molta aigua i ja feia massa
estona que lluitava per sobreviure; finalment, vaig sentir com defallia.
Noèlia Vilar i Alcázar (Les Roquetes del Garraf, 1975) és
estudianta de darrer anys de filologia catalana i de 2on cicle de filologia
hispànica.
Nota
pel títol:
El
bancal tenía una forma rectilínea, con una suave pendiente y estaba rodeado de
una cerca, hecha de hileras de piedras no muy grandes. Era una cerca, de más o
menos medio metro, que marcaba el margen de la propiedad e impedía así que el
ganado entrara en el sembrado. La cerca se cortaba, dejando un hueco en uno de
los lados a modo de puerta para facilitar la entrada a las maquinas en el
momento de la siega. El sembrado tenía un verde intenso, salpicado de
florecillas de color amarillo, que eran como campanitas, aquí y allá, también
alguna roja amapola, de esas que traen de cabeza a los campesinos, sobresalía
de entre el verde
Llegaba
el mes de abril y las espigas comenzaban ya a tener forma, de manera que grandes
bandadas de pájaros, que habían empezado a salir del letargo del frío
invierno y tenían crías que alimentar, iban y venían revoloteando, alegrando
el ambiente con sus trinos, a merodear por el sembrado con la tranquilidad de
que no les acechaba ningún peligro, para dar buena cuenta de las frescas
espigas, donde el grano se presentaba apetitoso y poder llevar reserva para sus
polluelos.
El
labrador, que ya sabía el truco de otros años, tenía preparado el espantapájaros,
con la finalidad de que las aves y otros animales no se comieran la cosecha de
trigo. Lo había preparado con una chaqueta de pana negra, que ya no usaba, un
pantalón también de pana de color marrón y una camisa de cuadros, rellenó
las mangas de la camisa y las patas del pantalón con paja, ayudándose con unos
palos, que después sujetarían al espantapájaros, completó la obra con un
sombrero un poco viejo de los que se ponía para segar. Una vez le pareció que
estaba completo, esperó a que anocheciera, cogió el espantapájaros, lo llevó
hasta el sembrado, lo puso en medio y le confió la vigilancia.
Cuando
amaneció, los pajarillos empezaron su tarea de recoger comida y se dirigieron
al sembrado como cada mañana. Los primeros momentos fueron de una gran confusión,
se armó un gran revuelo y muchos huyeron despavoridos. Llenos de miedo se
dirigieron en busca de otros lugares que pudieran ofrecer la misma tranquilidad
que tenían antes.
Mientras,
el espantapájaros, al ver aquel revuelo no se sintió feliz ni mucho menos,
porque a él no le gustaba estar siempre así, quieto y plantado allá en el
campo, con los brazos en cruz sin moverse y con la única finalidad que espantar
a los pobres pajarillos que se acercaban a picotear el trigo, claro que a su amo
no le hacía ninguna gracia eso de que le picotearan el sembrado y por eso él
estaba allí, pero el espantapájaros sentía envidia de aquellos pajarillos a
los que tenía la misión de espantar. Sentía envidia de la libertad que tenían,
y de que podían ir de un lado para otro. Si algo les asustaba en seguida
levantaban el vuelo y se iban a toda velocidad, mientras que él se encontraba
allá plantado sin poder moverse.
-
¡Que mala suerte la mía! - se lamentaba un día como en otras ocasiones - además
tengo la sensación de no espantar a nadie.
-
Tienes razón. - Contestó alguien a quien el espantapájaros no veía.
Era
un pajarillo, de los que no habían salido volando desesperados el primer día,
que se había puesto encima de su sombrero.
-
¡Eeeeh! ¿Quién eres tú?. Se supone que estoy aquí para espantarte y ya ves,
ni siquiera te doy miedo.
El
pajarillo bajó hasta su extendido brazo derecho y le contestó: - Soy un
pajarillo que he visto que no puedes hacerme daño. Desde el primer día empecé
a observarte, no huí volando como mis compañeros. Esperé, ese día lo pasé
mirándote haber que era lo que hacías y como vi que no te movías, me fui
acercando poco a poco, y como veía que no me decías nada, cada día me iba
acercando más y más, y aquí estoy.
-
¿Así oías mis quejas?
-
Sí cada día, sin querer, te oía decir lo mismo sobre tu desgraciada suerte,
tu aburrimiento y tus ansias de libertad. Mira yo te digo que para irte de aquí
sólo tienes que desearlo mucho, mucho y muy fuerte, verás como podrás irte
sin apenas darte cuenta.
-
¿De verdad me lo dices?
-
Sí, te digo que lo desees muy fuerte y ya verás como podrás caminar casi al
instante.
El
espantapájaros, al principio dudó un poco, pero pensó que no perdería nada
si lo intentaba. Así fue, probó a bajar de los palos que le sujetaban al
suelo, y comprobó con sorpresa que era verdad lo que el pajarillo le decía,
porque podía aguantarse de pié y no sólo eso que vio como podía andar y
saltar.
-
¡Eureka! Es verdad. Fíjate, puedo saltar, andar , dar vueltas y bailar.
Y
mientras lo decía iba haciendo cada uno de los gestos. Empezó a andar, primero
por el sembrado, salió por la especie de puerta de la cerca, continuó andando
sin rumbo fijo y sin saber exactamente a donde se dirigía. Cuando
llevaba un rato de paseo, se dio cuenta de que el pajarillo no le seguía,
entonces se acordó que con la emoción de ver que podía andar, no le había
preguntado si quería ir con él y tampoco se habían despedido. Por un momento
pensó que le gustaría tenerlo a su lado, porque los dos se harían mutua compañía
y además no iría tan solo a un mundo desconocido, donde no sabía lo que se
podía encontrar.
EL MUNDO DESCONOCIDO
El
espantapájaros iba tan sumido en sus propios pensamientos, que apenas se dio
cuenta que estaba llegando a una ciudad. Un ruido ensordecedor le volvió a la
realidad, donde se encontró con unas cajas de hierro, pintadas de colores y
diferentes tamaños, que iban muy de prisa de un lado para otro. Caminaba el
espantapájaros por un estrecho pasillo que dejaban las cajas de hierro. Por ese
pasillo iba mucha gente, unos en la misma dirección que él y otros en dirección
contraria. Andaban muy de prisa, como si llegaran tarde a algún sitio muy
importante, no miraban nada de lo que había alrededor y que al espantapájaros
le parecía muy novedoso, por eso iba despacio y mirando todas las novedades que
veía y aquella gente que andaba tan de prisa, tropezaban con él, cuando esto
sucedía farfullaban algo entre los dientes y seguían con la misma prisa. El
espantapájaros no entendía nada.
De
pronto, sin saber como, se encontró en el pasillo ancho, de color negro, por el
que iban i venían las cajas de hierro de colores. Quedó asombrado y paralizado
en medio del pasillo al ver que dentro iban personas que, por más que se
esforzaba, no lograba poder entender. Le parecieron insultos hacia él, aunque
prefirió no escuchar, estaba tan asustado que no sabía que hacer.
De pronto vio como una de aquellas cajas se le acercaba demasiado y oyó
que la persona que iba dentro, señalando en una dirección le decía con no
demasiada amabilidad: “ No ves que está rojo y tú no puedes pasar”. Miró
hacía donde le indicaba y se dio cuenta que unas lámparas se encendían y se
apagaban cada vez con un color distinto.
-
Que locos están los que van en esas cajas de hierro - Pensó.
Por
fin llegó al otro pasillo estrecho, estaba muy cansado y tenia sed. Entró
en un establecimiento donde había botellas y comida, también alguna de
aquellas personas que iban en las cajas de hierro de colores estaban sentadas
comiendo, por lo que le pareció un buen sitio. No le dio tiempo a pedir el agua
que deseaba llevarse a los labios, se le acercó un señor muy bien vestido, con
un lazo que le adornaba en el cuello.
-
Aquí no queremos harapientos - Le dijo
Y
empujándole por la espalda le conducía hacia la puerta por la que había
entrado. El espantapájaros se quedó muy extrañado.
-
Yo solo quiero un poco de agua
Pero
el hombre bien vestido con el lazo en el cuello siguió insistiendo.
-
Este no es un lugar para ti, ¿Donde está tu traje y tu corbata? ¿Y el
dinero?. Seguro que no llevas dinero para pagar lo que quieras comer o beber. Más
abajo hay una fuente, allá puedes beber toda el agua que quieras, pero largo de
aquí.
-
¿Dinero? Que cosa tan extraña.
Y
sin pensarlo un instante dio media vuelta y olvidándose de su sed, se dirigió
a desandar el camino que le había llevado hasta aquel sitio tan horrible.
LA VUELTA A CASA
Volvió
al sembrado, las primeras estrellas le empezaron a hacer guiños, estaba tan
cansado que se quedó adormecido con aquel placentero silencio, interrumpido tan
sólo por el saludo que le hizo una lechuza al pasar y que no tuvo fuerzas para
responder.
Cuando
salió el sol, el pajarillo volvió a su lugar habitual para picotear el trigo,
vio que el espantapájaros estaba de nuevo en el sembrado, y empezó a
revolotear y a cantar de alegría. Llegó hasta él y se le posó en el brazo
extendido.
-
¿Donde están tus ansias de libertad espantapájaros? - le preguntó.
Un
poco triste, el espantapájaros le contó su aventura, confiándole que se sentía
mucho más libre estando allí quieto, que andando por aquella horrible cosa a
la que llaman ciudad.
El
pajarillo entonces le contó que él también había tenido una vez ansias de
libertad.
-
Cuando llegué a la horrible cosa que llaman ciudad, me encontré dentro de una
jaula donde no podía volar, cada vez que lo intentaba tropezaba, continuamente,
con las paredes de la jaula. Me sentí prisionero, me puse tan triste que ni los
trinos podían salir de mi garganta. Los
que me metieron en la jaula ya casi no me querían porque no cantaba. Un día,
tal vez expresamente, se dejaron la jaula abierta y como la colgaban en un balcón,
pude escapar. Volé y volé hasta casi faltarme las fuerzas, lo más lejos
posible de la ciudad, era maravilloso sentir otra vez la libertad de volar.
Llegué hasta el sembrado de trigo que era pacifico y tranquilo hasta que
apareciste tú, pero como no quería irme de aquí, por eso observé lo que hacías,
viendo que eras inofensivo me quedé.
-
Eres un mal amigo -le dijo el
espantapájaros - debías haberme explicado antes tu experiencia en vez de
animarme a que me fuera.
-
No, tu debías pasar tu propia experiencia, ahora sí me has creído, pero si te
lo hubiera explicado antes de irte, no me habrías hecho caso.
Los
dos convinieron que se harían mutua compañía. El espantapájaros dejaría al
pajarillo picotear en el trigo del sembrado a cambio de que éste le contara
todo lo que ocurría por los otros campos y que él podía ver con sus continuos
vuelos por los alrededores. El espantapájaros se sintió feliz de tener un
compañero que le llenaba de noticias, estaba mucho más tranquilo y dejó de
maldecir la suerte que le había tocado.
Dalia
Moncho
era el mejor cliente del bar “La chorva del Chumi”. Aquel bar era el centro
de Sevilla, se llenaba cada tarde del humo de los numerosos hombres fumadores
que iban a tomarse algo, después de un largo día de trabajo.
Digo
que Moncho era el mejor cliente del bar ya que se quedaba hasta altas horas de
la madrugada y por la mañana era el más madrugador. Llegaba por la mañana con
una gran sombra bajo los ojos y pedía su primer carajillo. Chumi (dueño del
bar) era el mejor amigo de Moncho y tenía mucha confianza con éste, tanta, que
la lista de deudas del andaluz era la más larga de todos los clientes, con
mucha diferencia.
Moncho
no podía pagar sus consumiciones, ya que no tenía trabajo. Vivía del paro
desde hace año y medio y su mujer tenía que mantener a toda la familia. Eran
familia numerosa, pues tenía dos hijos y una hija. Ya eran las once de la mañana
y Mancho seguía en el bar jugando al dominó, con tres jubilados y bebiendo
alguna que otra copilla. Llegó a casa para la hora de comer, pero su familia ya
había comido.
-
Pero Moncho, - decía su mujer- ¿Tú crees que es normal qué estés todo el día
en el bar sin preocuparte por tu familia? ¿Sin preocuparte por buscar trabajo?
¿Sin preocuparte por tu salud?
-
Mira Toñi -contestó Moncho- Yo hago con mi vida lo que me de la gana, sin
depender de nadie y menos de ti.
Moncho
se marchó al bar de un portazo. El sevillano comenzó a beber y a beber, como
nunca en su vida lo había hecho. Se tiró toda la tarde bebiendo, hasta que
Chumi se preocupó por él. Moncho se alejó de la barra y comenzó a dar saltos
y a gritar:
-
¡QUE ME QUEMO, QUE ME QUEMO! (A causa del alcohol).
Moncho
siguió corriendo hasta encontrar el Guadalquivir y allí se tiró. Obviamente
no le pasaba nada.
Pasaron
unos días y seguía sin saberse nada de Moncho. Ya comenzaba a temerse por su
vida. En un atardecer Moncho llegó a casa aparentemente sobrio y con mucha
felicidad en la cara. Toñi preguntó el porqué de esa felicidad y donde se había
metido todo ese tiempo.
-Mira
Toñi- comenzó Moncho- el mismo día en que me fui de casa creí que me
quemaba. A causa del pánico que sufrí me tiré al río y allí me salvaron
unos hombres. Cuando conseguí despejarme estaba en un sofá duro con un paño
de agua fría en la cabeza. Escuché una vocecita dulce que susurró:
-¿Ya
estás bien?¿qué tal has dormido?
Me
levanté del sofá y comprobé que había dos chicos delgados con ella. Ellos
eran Roqui, Chuski y Marta. Chuski fue quien comenzó a hablar:
-Hace
dos días estuvo a punto de ahogarse y nosotros le hemos salvado, así que ahora
eres tú quien nos tiene que ayudar.
Me
propuso un negocio en el cual yo podía ganar mucho dinero. Se trataba de que
tenía que coger la droga de un barrio de las afueras de Sevilla y repartirla
por el centro. Yo me quedaría con un 35% del dinero conseguido y los otros dos
con el resto. Fui a recoger la droga y al venderla me dio todo este dineral-
dijo mientras enseñaba la bolsa llena de billetes- yo vine directamente hacia
aquí y no les he dado su porcentaje.
-Pero
Moncho- contestó Toñi- te has metido en un negocio peligroso y aparte has
estafado a esos hombres, deben estar furiosos.
Moncho
se calló y se fue a dormir.
Al
día siguiente bajó al bar, se tomó dos copas y se fue. Al salir vio un rostro
conocido. Le miró fijamente y reconoció que era Chuski. Antes de que pudiera
hacer nada, Chuski ya había sacado la pistola y la había utilizado contra el
mejor cliente del bar “La Chorva del Chumi”.
Armando
Siles, (Les Roquetes del Garraf, 1985), ha obtingut un segon premi al concurso
anual de l’IES Alexandre Galí (1998), i un segon premi i un accèssit als
concursos de redacció de l’associació de veïns (1999).
Passà fa molt de temps, quan
els boscos eren plens d'arbres centenaris i les flors brotaven del sòl com
espurnes de foguera..., amb una senzillesa tal, que l'esplendor d'aquelles
terres meravelloses imitaven el paradís sommiat pel@s poc@s vilatan@s
que habitaven la vil·la de Les Roquetes.
Els anys passaven plaenters, ningú treballava gaire, el suficient per
alimentar-se, vestir-se i tenir una caseta acollidora; es vivia en harmonia amb
la naturalesa. Quelcom difícil d'entendre ara, quan la destrucció i la
competitivitat van desfent els camins que encara romanen vius, aquells paisatges
que tan sols són presents als records del@s més savi@s.
Però la història que estava explicant no és ben bé aquesta. Perdoneu
si per la meva edat, em permeto aquests salts que poden confondre al@ lector@,
però de tot@s és sabut que quan parlen algunes ments, les llicències literàries
no tenen importància; perquè n'haurien de tenir ara amb una pobre iaia? M'ho
permeteu?
Ell habitava entre els colls que conformaven les muntanyetes a prop del
mar, un mar blavós, nítid, només enfosquit quan la vesprada apareixia sota el
cel... Amb algunes barques, les persones més aficionades a la mar, sortien pel
matí i portaven peix per la gent que encara menjava carn. Gairebé tothom
s'havia convertit en vegetarià, s'alimentaven exclussivament de vegetals, ous i
llet.
En
fi, qui era Ell? Era un llop, oh! Però quin llop, negre com la nit,
ulls brillants com la lluna, una pell tan suau... Feia la seva vida entre
arbres, flors i margallons, dormia a una petita cova i s'havia fet molt amic
del@s nen@s que anaven a jugar pel
matí.
Sí, el@s nen@s no anaven a l'escola els matins, el@s vilatan@s havien
entés que a les hores de sol es podia gaudir de la naturalesa i era a la tarda
quan la canalla podia dedicar-se a engrandir la seva ment, pel plaer d'aprendre
i descobrir el que altres, anys abans, havien pensat i descobert. El
racionalisme amb la curiositat que inspirava el voltant, era l'ensenyament que
existia entre aquells paisatges nets de tota brutícia, material i humana;
reflexionaven sobre la vida, seguien descobrint noves tecnologies..., tot, pel
progrés humà i fer molt més fàcil la feina que portava viure.
Però jo volia explicar la història o potser llegenda que va sorgir en
aquell temps sobre Rodulfus, el llop. És la història del final de la seva
vida, dur i fred, ple de mals entesos i venjances provocades per algú, que mai
havia tingut raons contra Rodulfus. Haig de comunicar-vos que aquesta història
no és la única que hi ha sobre la seva vida, potser, fins i tot, aquesta és
la menys coneguda per tot@s vosaltres; però bé us asseguro, que és la
realment certa, i que a la meva narració dels esdeveniments hi ha
l'objectivitat d'una nena que va viure tota la història, per ésser ella
mateixa la protagonista.
La Caputxeta Vermella, com la coneixeu vosaltres, somiava desperta un món
de colors infinits, era una nena tan viva... Sempre jugant i rient, descobrint
tot allò misteriós que la vida li posava al davant. A la nit, s'estirava dalt
d'un turonet i gaudia de la llum que els estels proporcionaven als seus ulls.
Fins a aquell moment, i en tenia catorze anys, sempre havia viscut amb la seva
iaia, s'havien cuidat mútuament..., però es van haver de separar, per no
veure's mai més. La mamà de la Caputxeta havia tornat d'un llarg viatge i
volia tornar a estar amb la seva filla, educar-la a la seva manera; havia vist
en la nena més una salvatge que una senyoreta.
Quan era molt petita la Caputxeta, la seva mare va marxar de Les
Roquetes. Era una dona sèria, d'un humor agre, es deia que la seva vida havia
canviat tant amb l'enderrocament del Règim polític, que no havia pogut
suportar la igualtat entre la gent, i havia marxat a cercar terres on no hi hagués
tantes llibertats sense estaments socials.
En arribar del seu arriscat viatge, més decebuda que mai, sense haver
trobat el que tant cercava; va decidir donar una educació correcta a la seva
filla. La mare del seu espós no n'havia sabut, havia permés que la nena sentís
en el seu cor el respecte i la llibertat. Estava molt emprenyada, i la Caputxeta
va veure quelcom que no li va agradar en aquella dona que era la seva mare.
Tot i així, els dies van anar passant, les setmanes..., la primavera va
abraçar l'estiu i aquest va portar una tardor més marró que mai. Tal com
anaven canviant les estacions la Caputxeta s'anava transformant, cada cop veia
menys colors al seu voltant, els estels van anar perdent lluentor... La noia
plena de vida es va anar apagant i el caràcter de la seva mare es va anar
ficant pels pors de la seva pell.
I en aquestes, va arribar un altre hivern; la iaia de la Caputxeta es va
posar malalta i va demanar que la nena l'anés a visitar per alegrar-li la vida.
Molt a contra cor, la nena, amb un aire diferent, una prepotència fosa als
ulls..., es va dirigir a la caseta que tants anys havia esdevingut el seu
sostre. Pel camí, brodat de neu blanquíssima, va descobrir unes petites
petjades que deixaven en la sinuositat del sender taquetes marrons. En comptes
de seguir el camí cap a la caseta de la iaia, la Caputxeta resseguí dins del
bosc, entre els arbres, aquelles petjades fins descobrir una petita cova on hi
trobà un llop refugiat del fred de l'hivern. Era el nostre Rodulfus. Petit com
era, no hagués pogut fer mal a la nena, però ella va cridar tant i tant fort,
que espantada va córrer i córrer cap a la vil·la. Pel camí va trobar un home
que estava tallant una mica de llenya per escalfar-se del fred hivern.
- Què et passa Caputxeta? Li preguntà el llenyataire. I a partir
d'aquest moment, com un punt d'inflexió a les vides d'en Rodulfus i la nena,
tot agafà un caire diferent als sentiments de la gent del poble. Sense
saber-ho, la mare de la Caputxeta, amb la maldat que havia posat al cor de la
seva filla, va provocar en la població sentiments de temença a la naturalesa.
El llop (ja no li deien pel seu nom) que compartia hores de joc amb el@s seu@s
fill@s, s'havia convertit de la nit al dia en un devorador de iaies i nen@s.
Ningú comprovà la història de la Caputxeta, que d'altra banda, vosaltres ja
coneixeu.
Com un verí, es va anar escampant per tots els territoris, els animals
no van ser vistos com éssers vius de naturalesa diferent, els boscos van ésser
assaltats amb grans cases, luxes que no es necessitaven van confondre el
paisatge..., un sense fi d'atrossitats que ja sabeu. És per això que ara vivim
com vivim, sense respectar-nos ni respectar el nostre voltant.
Hi van haver-hi diferents reaccions davant aquest canvi de temperament,
algun@s aguardaven el moment de dominar la situació i trencar amb l'harmonia
existent, d'altres van lluitar per desmentir aquella història, després per fer
veure a la gent que era millor la vida que havien portat fins aquell moment que
la que es començava a gestar, sense llibertat. I encara avui, seguim així.
Però encara us preguntareu que va ser de la Caputxeta i la seva iaia. La
mare de la nena, en veure el trasbalssament del@s vilatan@s, ho va aprofitar;
era l'oportunitat que ella estava esperant. Va afirmar que efectivament la seva
sogra era morta i ben morta, no va deixar que ningú s'apropés a la caseta de
la iaia, i aquesta, allà sola, de tristesa, va morir. Ningú va saber mai que
aquella dona de cor inmens no havia patit l'atac d'en Rodulfus.
I
bé, en quant a la Caputxeta Vermella, poc després d'explicar aquella
falsa història sobre el llop i veure les conseqüències terrorífiques que va
portar en el comportament que tant havia estimat ella en la gent; va voler
desdir-se. Però la mare la va tancar, la va amenaçar, no va deixar que la nena
expliqués el que realment havia succeit. Tan sols quan el mal ja estava fet,
passats uns mesos, i en Rodulfus va ser mort, la va deixar anar. La Caputxeta ho
va intentar, algun@s la van creure, la majoria..., van pensar que eren deliris
de joventut.
Així, amb el pas dels anys, m'he dedicat a fer saber al poble la
veritable història que va marcar la meva vida i la de moltes persones.
Creieu-me, sóc sincera quan us dic, que no és la naturalesa la que ens ataca,
som nosaltres el@s que la fem morir
minut a minut, i amb ella, els nostres cors i
les nostres ments.
A mi ja em queden pocs anys amb vosaltres, si algú es sent amb forces,
us demanaria un favor, conteu aquesta llegenda (o com li volgueu dir), per a que
les properes generacions coneguin el que veritablement passà a aquestes terres;
quan la llibertat era present als nostres cors.
Geòrgia
(Les Roquetes del
Garraf, 1976).
Allí
en aquella habitación, fría y oscura, Ethan iba dejando pasar largas horas de
una tarde de invierno. Estaba algo desanimado, ya que había perdido toda
motivación, su gran pasión en la vida: la música.
Tocaba
el piano desde que era niño, siempre había admirado a su primo David, que
tocaba de maravilla el piano. Ethan entró en el conservatorio a los seis años
por influencia de su primo, que le animó a hacerlo; éste le ayudaba a repasar
las lecciones que aprendía y las perfeccionaban para las clases.
Para
él la música era más que un hobby y un pasatiempo; era una forma de vida,
otro tipo de emociones y sensaciones que otra gente, jamás llegaría a
experimentar.
Con
el paso del tiempo fue mejorando su técnica, hasta convertirse, a los catorce años,
en uno de los mejores alumnos del conservatorio.
Pero
a partir de llegar a formar parte de los mejores, fue perdiendo la ilusión del
comienzo y desistiendo a buscar nuevos matices. Tan siquiera era capaz de ser
creativo y aunque todos intentaran animarlo, que siguiera su carrera musical, él
hacía oídos sordos a toda argumentación.
Fue
tanta la insistencia de la familia, que acabó por enfadarse, de tal manera que:
encerró el piano en el desván y quemó todas las partituras.
Estuvo
dos años sin volver al conservatorio, sin escuchar música y evitando todo
contacto con cualquiera que le pudiera recordar algo de su infancia musical.
En
el instituto había alguien que no quería que abandonara la música, esta era
Megan, una compañera de clase, que había escuchado a Ethan, infinidad de veces
tocar el piano y no se cansaría de admitir, que era demasiado bueno, como para
desaprovechar su talento .
Sabía
que ahora él, ya no se interesaba en la música, pero estaba convencida de que
sería capaz de hacerlo entrar en razón y de darle una razón para volver a
necesitarla.
David,
estos últimos tres años había estado estudiando en el extranjero y no estaba
al corriente de la situación de su primo. Venía ilusionado con la idea de ver
los progresos de Ethan, tenía ganas de enseñarle todas las técnicas que había
aprendido y quería mostrarle sus nuevas composiciones.
En
parte una de las cosas que más desilusionó a Ethan, fue la falta de apoyo de
David.
Megan,
fue entrando en el campo de Ethan. Con la idea de coincidir en diferentes
lugares, podrían iniciar algún tipo de dialogo. Así fue, se hicieron amigos,
de tal manera que él encontró a alguien que no le presionaba en sus ideas, que
le respetaba y ayudaba, pero lo que él encontró más sensato, es que jamás le
mencionara el tema de la música.
Él
encontraba muy agradable a Megan y aunque le costaba admitirlo le gustaba. Lo
cierto es que ella era lo suficientemente atractiva, como para agradar a
cualquiera; era alta, con una melena castaña clara, totalmente lisa, ojos
almendrados, labios carnosos y rojizos, tez clara, cuerpo esbelto y
proporcionado, piernas largas y delgadas...
Tenía
buen gusto para vestir, combinaba colores claros, con tonos oscuros, pero jamás
apagados o chillones, ya que no le gustaba llamar la atención.
David
volvió y quedó con su primo, para hablar del viaje y porque quería enseñarle
algunas cosas. Habían quedado en casa de Ethan, los padres de éste no iban a
estar y se le ocurrió llamar a Megan para presentarle a su primo. Megan tenía
un mal presagio, algo iba a ocurrir esa tarde.
Dave,
así lo llamaba su pequeño primo, llegó muy animado, le pareció muy amable y
simpática Megan. Empezó explicando la gente que había conocido, los
profesores que tuvo, anécdotas divertidas, otras no tanto...
Pero
llegó el momento en que entró el tema de la música, Ethan comenzó a ponerse
algo tenso, Megan se mordía el labio y temía por la reacción que tendrían
los dos. David empezó a notar que el comportamiento de su primo, no era el típico
y dijo seriamente:
-
Jamás pensé que mis temas de conversación te pudieran llegar a mantener en
tensión.
Ethan
se levantó bruscamente, llevándose las manos a la cabeza y moviéndose de un
lado a otro intentando, nervioso, buscar una explicación que le llegara a
David, ya que no se conformaría con una rabieta temporal. Necesitaba argumentos
convincentes.
-
¿Ves ese hueco? - Dijo señalando el lugar que había ocupado el instrumento. -
¿Recuerdas qué había allí? Si, efectivamente, allí había un piano, ¿Recuerdas
la carpeta que había encima, llena de partituras? Quizás si intentaras
buscarla, encontrarías sus cenizas en el cubo de la basura. Es posible , que
creas que la música lo es todo, pero no pienso seguir con ella, porque no me
satisface y tampoco me aporta nada.
David
se levantó, también. Estaba totalmente sereno y tranquilo, no tenía ninguna
necesidad de perder la calma. Se colocó las manos en los bolsillos y miró al
techo:
-
¿Realmente crees qué no tiene importancia en tu vida y qué no ocupa ningún
lugar? Porque vas muy equivocado.
Siempre
creí que habías llegado a comprender que la música es algo que se lleva
dentro, se vive, lo sientes dentro, forma parte de ti. Está a tu lado en
cualquier situación, ¿Crees qué has perdido el brillo?
Pero
no es cierto, lo único que sucede, es que tienes miedo, temes no estar a la
altura. En el momento en que eres bueno la gente exige más sin pensar en las
consecuencias. Busca en tus recuerdos, indaga en aquellos momentos que quisiste
olvidar y hallarás aquellas sensaciones que creíste haber olvidado y que diste
por perdidas.
Ethan
se había sentado en el sofá observando en todo momento el lugar donde debería
ubicarse el piano.
Megan
estaba totalmente inexpresiva, con la mirada perdida en la ventana.
Ethan
contempló la inquietud de la chica, se fijó en sus ojos, aquella mirada jovial
y viva estaba algo tenue esa tarde. Fue entonces cuando a todo esto, él decidió
reaccionar. Salió decidido por el pasillo, subiendo escaleras, hasta la puerta
del desván; allí sintiendo en la mano el frío del pomo, indeciso ante aquella
situación, se armó de valor y abrió lentamente la puerta. Entró y ante sus
ojos pudo contemplar, iluminado por la luz de la ventana...el piano negro algo
cubierto de polvo. Fue avanzando lentamente hacia el instrumento, se situó ante
él y levantó poco a poco la tapa que cubría las teclas. Algo nervioso y con
las manos temblorosas posó sus manos sobre las teclas, cerró los ojos y con un
largo suspiro comenzó a tocar una melodía que le recordó los años felices
que había pasado junto a su primo; los momentos más felices de su infancia.
Sin
darse cuenta Megan y David estaban apoyados en la puerta del desván,
contemplando la serenidad y la paz interior que había conseguido afrontando su
temor.
Una
vez acabada la pieza, abrió los ojos, cubrió las teclas con una tela roja y
volvió a cerrar la tapa. Avanzó hasta la ventana y se quedó largo rato
admirando el atardecer entre la niebla; se giró sonriéndoles. Se dirigió
hacia ellos, le dio las gracias a David y seguidamente se abrazaron como buenos
primos. Ethan y Megan se miraron durante unos segundos y ella sin poder
contenerse se abrazó a él. Ethan, cogiéndola por la cintura, centró su
mirada en los bellos ojos de la muchacha, que tenía empañados de lágrimas. No
hicieron falta palabras. Se besaron tiernamente demostrando definitivamente lo
que sentían.
Ethan
encontró finalmente, una razón, un motivo por el que seguir con su gran sueño.
Fue el amor hacia Megan y la persistencia de Dave, que le hicieron razonar.
Tras
la muestra respectiva de afecto, bajaron el piano y lo colocaron en el lugar que
jamás debió abandonar. No tardó mucho en volver al conservatorio y
reestructurar su repertorio.
Ahora
comprende las palabras de su primo y las tiene muy presentes en las audiciones.
David
volvió al extranjero a estudiar, pero estaba seguro de que el pequeño Ethan,
no le iba a decepcionar.
Las
últimas palabras de David a Ethan antes de subir al avión fueron :
¡QUE LA MÚSICA LLENE TU VIDA!
Blanca
Sagarra, (Les Roquetes del Garraf, 1985) ha estat guardonada amb el primer premi
Lenguas
de aire marino sacudían las fachadas de la estación de ferrocarril de Vilanova
i la Geltrú. Estaba siendo aquél
un verano de calores alternativos que me desquiciaban por su asombrosa variedad.
Me era tan insoportable ese intercalado de jornadas de tormentas
refrescantes y semanas de bochornosas e interminables horas de agobio...
La humedad se abatía sobre mi cuerpo incluso de noche, y los sudores se
proclamaban rebeldes y ahítos, produciéndome insomnio.
Al
irrumpir en la sala de espera noté con alivio la frescura de un interior de
paredes mazmórreas, a la antigua, que junto a la marinada que corría a través
de sus puertas y ventanales descomunales, secaron mis esencias manantías.
-¿Conviene
sacar un abono o billetes individuales?
Mi
pregunta fue baldía. Mi hermana
Cristina y mi mujer dudaban ante la bisoñez del factor.
Se contentaron con arrugar la comisura de los labios y encogerse de
hombros, incapaces de articular respuesta, lavándose las manos en el asunto.
-Bueno,
pues lo saco y san se acabó -dictaminé malhumorado por la falta de iniciativa
de ambas, una situación que me irrita tanto o más como las caídas de ánimo. A veces yo padezco esa extraña enfermedad, ese hundimiento
espiritual. Me detengo ante el
televisor, o la radio, o un libro abierto, exhausto de sus contenidos, y soy
incapaz de coger una decisión súbita y arrancarme de mi casa para coger una
senda en la montaña, nadar en la playa, emprender un viaje, visitar parajes o
desenvolver cualquier actividad atípica que necesite coraje.
Inmóvil en el sofá, me debato en una disyuntiva estúpida: o continuar
acribillándome en ese claustro o botar hacia la aventura.-
Deme un bonotren para Barcelona, por favor -le pedí al factor.
Aquella
tarde había estado padeciendo esa decrepitud del ánimo, pero la superé levantándome
del sofá con energía, odiándome por mi vagancia.
Aunque sólo fuera un efímero viaje a la capital del país, destronaría
el hastío del verano. Por una vez
le haría caso a las mujeres. Mientras
ellas tres se perdían entre los colores de los vestidos de El Corte Inglés, yo
examinaría cámaras y objetivos de fotografía con el propósito de mejorar mi
equipo actual y adquirir un zoom que me permitiera cazar a distancia animales en
el Parque Natural del Garraf.
Desde
que estoy en el paro -quizá sea por mi inactividad forzada-, me cuesta superar
mi desánimo. Estar sin trabajo es
horrible, desalentador. Cuando tenía
mi propio negocio de fotografía el tiempo era voladizo.
Nunca me aburría. Pero tuve
que cerrar. No hubo más remedio.
Los inspectores de Hacienda son unos vampiros desconsiderados.
Me lo advirtió mi gestor: “tío, factura en negro, factura en negro,
Luis, que en Hacienda no se creen que toda tu facturación sea en blanco.
No se puede ir de legal por la vida, pareces un gilipuertas.”
Yo ignoré esa palabras inflando el buche “donde se ponga un hombre
honrado...” Así me fue.
Venga y venga inspecciones. Mis
números hacían arrugar la boca de los agentes y sus ojos decían “usted
trabaja en negro, como todo el mundo.” En fin, preferí enrolarme de
asalariado a la primera oportunidad que se me presentó.
Me contrataron de fotógrafo de bodas en una agencia ilegal y, un sábado,
me encontré el local cerrado. De
eso hace ya dos meses.
-Son
dos mil cuatrocientas pesetas.
La
voz arrugada del factor me trajo a la realidad.
Hurgué en mi monedero y extraje la cantidad justa.
-Tenga.
Cogí
el tíquet y noté una grave punzada en los dedos.
Era algo más que una corazonada.
-Me
parece que nos hemos equivocado. ¿Cuánto
vale el billete normal? -pregunté a las tres mujeres.
-600
cada uno.
-Y
sólo utilizaremos seis, claro, porque tú no pagas, ¿no?
Victoria,
la futura cuñada de mi hermana, casada con un maquinista de RENFE, asintió
sacudiendo la cabeza artificiosamente, al instante que añadió con pesadumbre.
-Bueno,
alguna vez más tendrás que subir a Barcelona en este mes, ¿no?
-Pues
no.
-Ya
os dije que debíamos haber esperado a salir a los andenes y comprobar si Míchel
está de servicio -dijo ella en un tono divulgativo, casi de reproche.-
Nada de esto nos hubiera ocurrido con su presencia.
-Habrá
que resignarse.
Introduje
el abono de diez viajes en la máquina canceladora y lo marqué tres veces.
Al momento nos sorprendió la voz cochambrosa y empalmada con retazos de
varios registros, incluso de personas diferentes, tonos, acentos y entonaciones,
de la megafonía.
-Vamos,
el convoy espera en la vía 5. Sale
de aquí cinco minutos.
Y
allí dormitaba, como una serpiente roja y blanca, enorme.
Cuando íbamos a subir Victoria nos detuvo con una sonrisa cálida y
excitada. Había descubierto algo
interesante.
-Mirad,
es Míchel -y lo llamó con grandes voces y aspavientos.
El amigo de ésta se acercó corriendo.
Vestía el uniforme grisáceo de la RENFE, con sus ribetes arrebolados.
-¿Adónde
vais? -al hablar su bigote sensual apenas se movía.
Esa rigidez le daba un toque galante y atento, tremendamente masculino y
cortés.
-Al
Corte Inglés -contestó Victoria, quien no tardó en explicarle que habíamos
sacado un abono con unas palabras que se le cayeron de la boca dolorosamente, en
una quejumbre casi infantil.
-Pues
tráelo. Lo solucionaré de seguida.
Yo
tuve un amago de vergüenza. El andén
era un hervidero de usuarios que esperaban el tren y que no eran ajenos a la
conversación. Seguro que
comprendían que Míchel quería cancelar los billetes para colarnos en el
ferrocarril, y esto me sulfuraba.
-Pero
hombre... Míchel, si ya está marcado.
-No
importa, dámelo.
-¿Y
la gente? -bajé la voz hasta el susurro para que nadie descifrara mis palabras. Para ello tuve que acercarme a su oído.
-¿Qué
gente?
-¿Qué
gente va a ser, hombre?: la que no nos quita ojo de encima.
¿Qué van a pensar al ver que se comete un atropello, un tráfico de
influencias en escala menor, eso sí, pero con sus propios impuestos, en una
empresa pública...?
Míchel
me miró sorprendido, con cara como diciendo: “tiene razón Cristina al decir
que su hermano es un idealista un tanto idiota.”
Y me dijo gritando, desafiando a los usuarios que escalaban hasta la
plataforma distribuidora:
-Bueno,
¿me lo das o qué?
Yo
no supe donde esconder el rostro, encendido.
No me gusta manifestar mis sentimientos externamente, pero mi cara debía
ser una burbuja por donde espiar mi alma.
-Dáselo,
hombre -me dijo Cristina, y, embobado, accedí, entrando de lleno en la estafa
al contribuyente. Míchel se perdió
entre las habitaciones técnicas de la estación con una velocidad que no hacía
juego a su incipiente obesidad, mas sí a su picaresca.
Al poco apareció con el dinero en la mano y, ostentado la entrega, me lo
dio, al tiempo que me sacudía los hombros.
-Y
ahora, esperad, que hablaré con el interventor de vuestro tren para que os deje
viajar sin problemas. Vamos.
Míchel
maniobraba como un líder nato. Con
su soltura de lenguaje nos hipnotizaba y nos magnetizaba.
Al mismo tiempo yo notaba en el aire cómo muchos viajeros nos miraban y
juzgaban nuestros actos como una desfachatez desvergonzada.
-Tú
no hagas caso de la gente -me murmuró vanidosamente Victoria mientras caminábamos
por el andén- vive tu vida y aprovéchate de lo que puedas.
Ellos harían lo mismo si se encontraran en tu situación.
El
tren abrió las puertas con puntualidad. Yo
escuché en semisueño, por la lejanía que me había autoimpuesto para no ver
el ritual de corrupción, cómo Míchel convencía al interventor.
-Sí,
hombre, ésta es la mujer de López Mediapana, y la morena su cuñada, y aquél
de allí su hermano. Familia y
amigos de toda la vida.
-Pero Míchel, yo...
-No
te preocupes, colega, los interventores somos hermanos, hoy por mí, mañana por
ti.
Y
se alejó saludando al tiempo que se cerraban las puertas automáticas.
Las mujeres, al ver que yo me metía en las profundidades del vagón
apartándome del interventor, me siguieron.
-No
corras tanto, si aquí hay sitio -me gritaban.
No
me detuve hasta que encontré cuatro asientos vacíos en el último vagón.
Estaba claro que no quería compartir con nadie aquella experiencia, y
prefería diluirme en los abismos del tren, donde no conocieran de nuestra
debilidad.
El
convoy se puso en movimiento y pronto alcanzó el túnel de la Casa de Mar.
Aún perduraba en mi retina la cara marcial de victoria de Míchel cuando
balbuceé unas gracias sin entusiasmo, como queriendo desvanecer o amortiguar el
favor. Era una cara engreída y
caprichosa, dura. “Bueno, pronto
se acabará este mal trago”, pensé casi en duermevela. Entonces escuché la voz de Victoria:
-Hemos
quedado con Míchel a las nueve en Sants. Es
que a y diez, la unidad donde está destinado vuelve hacia Vilanova.
Nos lo ha confirmado él mismo. Así
también nos ahorraremos el viaje de vuelta.
-Estupendo,
estupendo... -opinaron mi hermana y mi mujer.
El
cielo se había nublado para desastre de los bañistas homosexuales que
mostraban su desnudez de alabastro enrojecido en las calas de guijarros de Els
Colls. La brisa parecía, desde
dentro, helada, propia de esos días de finales de octubre.
Pero yo sabía que era mentira. Quizá
esa sensación me vino porque el aire acondicionado estaba un pelín alto. Por suerte el traqueteo del tren era sedante.
Es uno de sus atractivos. Empezar
a caminar entre los raíles y relajarme era simultáneo, y también bostezar y
dormitar a ratos encadenados de sueño ligero y leves vigilias.
Me pareció escuchar un trueno despeñándose del cielo. Otra vez las tormentas.
Un silbido ventoso se estrelló contra las ventanas del tren al emerger
de los numerosos túneles de bocas negras que cruzan el Macizo del Garraf, y eso
fue lo último que sentí antes de dormirme como se duerme en los trenes, en un
duermevela profundo donde se mezcla el sentido de la realidad con la irrealidad
de los sueños, todo interpuesto como fotografías desordenadas en una vieja
caja de zapatos.
Más
adelante un vozarrón recio me despertó.
-Buenos
días, los billetes.
Victoria
esbozó una carita sorpresiva. El
interventor guardó un silencio hosco antes de volver a pedir los billetes con
una expresión de vitalismo masculino. Algo
iba reconcomiéndose en las mentes de Victoria, Cristina y mi mujer, quizás
pensaran que ese hombre tenía una mala sangre corriendo por sus venas.
-Oiga,
si nosotros somos... -la voz de Victoria sonaba pastosa, manida.
-Los
billetes por favor -esta vez el tono fue brusco e incipiente, como un
pistoletazo.
Nuestras
miradas se cruzaron, incrédulas. Las
arterias me estallaron. Respiré
hondo. Y casi empecé a reír
interiormente, procurando contenerme las lágrimas.
Victoria
le enseñó el carnet familiar de la empresa, el interventor lo examinó y nos
dirigió una mirada vehemente a los tres.
-¿Y
ustedes?
-Nosotros
cogimos el tren por los pelos, interventor -le dije para salvar las formas.-
¿Cuánto es?
Juan
Carlos Borrego (Vilanova i la Geltrú, 1967) ha publicat narracions a diferents
publicacions de la comarca.
PER ENCÀRREC DE LA COMISSIÓ DE FESTES DE LES ROQUETES : Febrer de 2000